Aunque Roma conocía el sonido de tus pasos y las sabanas de aquella habitación en Venecia, el roce de tu piel, solo yo creía conocer el sabor de tus labios.
Y mientras tú, desvirgando los labios de cualquier loco enamorado que pasara bajo tu ventana, y a cualquier perdido de la vida que se matase por amor.
Pues que bien lo sabré , que repetía eso de despertarme sola en París después de haberte hecho el amor.
Vivía con la esperanza de pillar in fraganti al rocío posarse en las comisuras de tus labios y en los acantilados de tus caderas.
Y que mal recordarás tú escapar del sexo conmigo antes de ver amanecer, pues yo era solo una más y tú eras mi única.
Donde las largas noches nos espiaban entre el humo de tu cigarro y donde nuestros cuerpos pedían a gritos otra guerra en la cama. Pero tú seguías siendo tan fría, tan "aquí te pillo, aquí te mato", y yo tan de corazón ardiendo por deshacer tus hielos, aunque me ahogue en el intento, de que me ames más que a nadie.
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