Hoy el sol no ha amanecido a los pies de mi cama, hoy el mundo me ha comido a mi, en vez de comerle yo a él.
Hoy está clara una cosa, que tengo el corazón hecho añicos, y no hay pegamento que lo repare.
Confesaré que no hay amor que no duela, ni ojos que no lloren, y que por mucho que digan, todo puede romperse un poco más. Que los versos más bonitos, siempre se los llevan los que le han roto el corazón a un joven enamorado. Y que es a la almohada a quien le toca llorar conmigo esta noche, y a mi cuerpo tiritar del frio.
De ese frio incomparable e inexplicable, cuando alguien como tú se escapa de entre mis piernas.
Y ya que me he puesto a confesar, te confesaré, con la misma sinceridad que da vida a los suicidas, que debí de ser la hija puta que volvió la vista atrás porque necesitaba saber si ya te habias ido o aun seguias esperándome.
Realmente no sé cuál de las dos esperaba, pero brillabas por tu ausencia, y la cuerda que rodeaba mi cuello empezó a ahogarme como si verdaderamente te necesitase para respirar. Como si tu respiración diese vida a mis células en vez de a las tuyas.
Ojalá volver a perderme en tus ojos y dejar de hacerlo en la ciudad. Ojalá comerte la boca en vez de comerme la cabeza.