lunes, 23 de septiembre de 2013

Habitación 313

A veces mientras paseo, veo parejas jovenes juntas, sentadas en un banco, o despidiéndose junto al puente. A veces no, siempre. Parejas con cómplices miradas. Sonrisas y un par de besos de imprevisto. Me hacen sonreír por un segundo pero luego vuelvo a la realidad. Pero no sólo parejas jóvenes y enamoradas, también ancianos de la mano, personas que llevan una vida juntos y aún después de setenta años pueden presumir de estar locamente enamorados de su pareja. Desde siempre y para siempre se prometieron, y así parece que será. Con miles de historias que contar a sus nietos en una reunión familiar o en una comida. 
Estos últimos me ponen los pelos de punta, pero de una forma bonita, porque puede que la otra persona no sea tu media naranja pero aún así están juntos a las duras y a las maduras, e incluso puede que no esperasen estar toda una eternidad juntos, pero así ha sido.
Entonces me miro y pienso “¿Quién va a querer a alguien como desastre? ¿A alguien sin estabilidad mental ni de ningún tipo?” Me respondo sola. No me veo de anciana contando batallitas a nadie y mucho menos a unos nietos inexistentes.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Hasta con sangre en las lágrimas.

Quisiera ponerme a escribir y que las palabras brotasen solas, pero no es así, salen a trompicones, poco a poco, clavandose como puñales en la espalda. Quisiera saber que sentir o como actuar, venir con un manual de instrucciones, como los muebles del Ilea.
Llevo semanas sin pegar ojo, aun durmiendo nueve horas diarias.  Queriendo ahogarme en mis propias lágrimas sin llegar a soltar una. Con los nervios a flor de piel y con el filo de la cuchilla apretando mi muñeca. Enterrando mi ser medio desnudo entre las sábanas de una cama ajena.
Juraría haber creído oír tu voz, llamándome, suplicándome que volviese, y diciéndome que sin mi no eras nada. “Pobre loca, que cree oír voces, debería estar encerrada de por vida.” Yo me quede a medio camino de ser humana, me faltó el par necesario para, plantarle frente a la vida o bien suicidarme, y resulta que no soy capaz de elegir una sola opción. Estoy atrapada en un bucle repetitivo y monótono, cansino. Algo que duele por el simple hecho de respirar. Duele. Duele más tener que seguir viva que las heridas que yo misma me inflijo. Otra tarde gris de este mes de Septiembre, lluvia y apenas un par de días para cumplir los dieciséis. Otros año más para mis memorias, otro año, el peor año. Con más dolor que alegría. Con más lágrimas que sonrisas, con más cortes que pulseras. Y es que esta vida es muy puta, pero nadie tiene un par bien puesto, nadie se la ha follado aún.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Just a real dream

Por primera vez eras tú quien me buscabas a mi y no al revés. Me sujetabas la mano con fuerza y me costaba creer que no te hubieses ido aún. Sonreías, y por primera vez desde hace mucho tiempo, era feliz, completamente feliz. La televisión encendida y los cristales empañados. Debía ser una fría tarde de invierno, porque nos tapábamos con una manta en el sofá, y la calefacción estaba prendida. Mientras tus manos jugaban con el cierre de mi sujetador y me susurrabas cosas que no llegaba a entender. De pronto empezó a sonar nuestra canción, me derreti con tu sonrisa, me enamorabas. No me podía creer que tanta perfección fuera nuestra, solo nuestra, juntos, en silencio. No hacían falta las palabras de por medio, nuestras miradas lo decían todo...
Y entonces desperté. Me abordaba esa sensación de que se te cae el mundo encima, que quieres volver a dormirte, que no quieres despertarte nunca. Rompí a llorar y miles de lágrimas comenzaron a caer, sentía que me ahogaba. Tu calor a mi vera, tus buenos días nada más despertar, nuestros desayunos en la cama, todo eso se había esfumado. Quería volver a sentirte por las noches respirar junto a mi.

sábado, 7 de septiembre de 2013

346, del sector 12

Olor a café recién hecho, la cama deshecha y la almohada empapada, no significa que esta noche haya tenido acompañante, más bien ese es el problema. Que no ha habido nadie. Sólo yo. Yo y mis ganas de comerte la boca, yo y mis ganas locas de gritarte para ver si así me escuchas. Tienen razón, tú eres el lobo, y yo la oveja suicida. 
Hace tiempo pintaron de rosa mi vida, pero con el paso del tiempo la pintura se descascarilla. El sonido del vidrio al caer en el suelo, al romper por el impacto. Algo así debió sonar dentro de mi. Algo así porque hace tiempo que estoy rota por dentro. Te suplicaría que volvieses, pero no somos dos críos, y ni yo quiero verte ni tu quieres verme. Hagamos esto más sencillo. Olvidemos las noches que pasamos en tu cama, olvidemos que me conociste de casualidad en un bar, y que, digamos sin querer, derramaste mi copa. Un par de miradas y aquí estamos hoy, yo escribiendo y tú leyéndome. Aunque nunca lo vayas a admitir, sé que nunca fui más que la decimosexta de la lista. 
Suena una melodía a lo lejos, una canción, nuestra canción. Y tu voz acompasa la letra, tu dulce voz. No quisiera tener que negarte lo que una vez te juré, amor eterno, incondicional. No recuerdo nada más, ya es tarde para mi, para ti, pero aún más para nosotros. Tal vez yo era ese nada que lo cambiaba todo, o tal vez no.
“El último, déjame hacerte una vez más mía, pequeña.”

martes, 3 de septiembre de 2013

“Y ya nada volvió a ser como antes. Y, tú y yo, nosotros, volvimos a ser desconocidos, pero esta vez, desconocidos que, durante un tiempo, se conocieron, o se hirieron como prefieras decirlo, muy bien. No me preguntes por qué o cómo, pero uno de los días más tristes de mi vida fue aquel en el que nos cruzamos y nos dimos dos besos, en lugar de uno. No sé si me explico. Que aquel día nos miramos a los ojos y, aunque sonreíamos, todo era maquillaje; una mera formalidad. Estábamos ausentes, cariño. Tan quemados, tan perdidos, tan con ganas de que alguien nos encontrase de nuevo. Y yo te hubiese dicho que aún te buscaba por las noches. Que aún te tarareaba cuando estaba sola. Que aún ojalá un nosotros. Pero por qué iba yo a decirte nada, si ya lo habíamos perdido todo. Nos habíamos perdido mutuamente. Todo, que se dice rápido, casi tan rápido como perdimos aquello. Y recuerdo cuando me decías que cuidado, que eras un precipicio, y que yo tenía tendencia a resbalar. A enamorarme, vamos. A caer, y con ese estilo que sólo tienen los poetas, es decir, hasta el fondo. Hasta lo insalvable, hasta todas esas ojeras que ya ni el maquillaje puede esconder, porque hay cansancios, algunas heridas, que marcan el brillo de tus ojos. Qué más da o a quién le importa que siga perdiendo en este no saber que hacer: si olvidarte o sangrar un poquito más, quizá con la esperanza de que termines volviendo y me digas al oído, muy bajito, que, como yo, nadie ha sabido escribirte, o quererte,  o quizás romperte, mejor.”