viernes, 30 de mayo de 2014

Un beso, como lección de vida

Pero justo en ese momento vuelve ese dolor y ese miedo que te paraliza, justo ahí me sentí como esa moneda que lanzamos tiempo atrás, deseando que saliese cruz, o tal vez cara, parece que hace ya cien inviernos de aquello, y aun creo poder recordar el tintineo de los veinte céntimos aquellos al caer contra el suelo, y rodar en dirección a una alcantarilla. Y caer en ella, delante de nuestra atenta mirada y nuestras sonrisas estúpidas. Jamás supimos que ocurrió con el azar, jamás supimos si gané yo, o ganaste tú. Pero poco debió de importarnos, porque entrelazamos las manos y dijimos al unísono que el azar eramos nosotros.
Entendiste entonces que una simple moneda no era nuestro destino, que nuestro destino eramos nosotros y que nosotros eramos nuestro propio azar, y me lo explicaste de la mejor forma que supiste.

Summer Equinox

Como un pájaro libre,
que vuela sobre la inmensidad,
del oceano y del cielo.

De ansiados besos contigo,
de mañanas de esperas largas,
tanto como tus piernas.

Como una bala de tu preferido calibre,
con toda probabilidad,
de morir fría como el hielo.

Y es que del vacío me caigo,
con el corazón sin esperanzas,
y mis miradas eternas.


domingo, 25 de mayo de 2014

Invierno, regresa, pides.

Cuando estas cayendo por ese inmenso abismo, piensas que ya todo da igual, lo ves gris, ni blanco, ni negro. No sientes el frío del viento contra tu piel, sólo sientes vacio y esperanza, esperanzas de que abajo haya alguien para sujetar caída. Pero no terminas de caer y entonces comprendes que siempre será igual. Que nadie daría un centavo para salvarte, que has tenido que dignarte a seguir sola a pesar de lo mucho que odias la soledad. Que estas diciendo adiós en esta carta, pidiendo ayuda, estas gritando auxilio. Has llegado a sentirte tan frágil como una mariposa al chocar contra un cristal, al no saber diferenciarlo de la realidad y quebrarse el ala. No sabes cuanto hace que suspiras de alegría, pero te faltan dedos para los suspiros de tristeza. No sabes cuando comenzaste a odiar el verano y a amar el invierno. Tal vez su partida fue tu razon para odiar el verano, o tal vez para amar el invierno. Puede que imaginaciones de tu cabeza, a lo mejor conjeturas de tu corazón lo que te hace perder la cabeza, resquebrajarte la poca coherencia que queda en tu alma. Añoras el invierno, y ya no sabes si por su presencia o por las poesías de Neruda en el escritorio y los chocolates calientes.