domingo, 25 de mayo de 2014

Invierno, regresa, pides.

Cuando estas cayendo por ese inmenso abismo, piensas que ya todo da igual, lo ves gris, ni blanco, ni negro. No sientes el frío del viento contra tu piel, sólo sientes vacio y esperanza, esperanzas de que abajo haya alguien para sujetar caída. Pero no terminas de caer y entonces comprendes que siempre será igual. Que nadie daría un centavo para salvarte, que has tenido que dignarte a seguir sola a pesar de lo mucho que odias la soledad. Que estas diciendo adiós en esta carta, pidiendo ayuda, estas gritando auxilio. Has llegado a sentirte tan frágil como una mariposa al chocar contra un cristal, al no saber diferenciarlo de la realidad y quebrarse el ala. No sabes cuanto hace que suspiras de alegría, pero te faltan dedos para los suspiros de tristeza. No sabes cuando comenzaste a odiar el verano y a amar el invierno. Tal vez su partida fue tu razon para odiar el verano, o tal vez para amar el invierno. Puede que imaginaciones de tu cabeza, a lo mejor conjeturas de tu corazón lo que te hace perder la cabeza, resquebrajarte la poca coherencia que queda en tu alma. Añoras el invierno, y ya no sabes si por su presencia o por las poesías de Neruda en el escritorio y los chocolates calientes. 

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