martes, 17 de marzo de 2015

Y aún me pregunta que es de ti

Huele a frio, a invierno marchito, a velas recién apagadas y a lágrimas derramadas. Se escucha el silencio que me abriga a las cuatro de la mañana, que me seca las lágrimas de tu ausencia, y como te grita el hueco que dejaste en tu lado de la cama.

Mi cuello desnudo añora tus labios, y los míos lloran no besarte a oscuras bajo las sabanas de mi cama, en una noche de sexo.

Recuerdo la forma en la que escapó tu cintura del abrazo de mis piernas, como tus piernas provocaban el suicidio de todos aquellos locos que soñaban con besar tus caderas. Como el suelo temblaba cuando decías mi nombre, como mi ser se rompía en mil pedazos cuando escuchaba de tus labios "te amo" y como la noche se hacía menos noche cuando te metías en mi cama y me besaba la espalda.

Me falto tiempo para amar lo odiado y tiempo de sobra para odiarte con tiempo cuando te fuiste y no volviste. Ya no soportar el hecho de que tu ausencia me ronde cada noche, ni que cada noche me recuerde tu ausencia, como la pescadilla que se muerde la cola.

miércoles, 4 de febrero de 2015

5:47 de la madrugada

Tengo el cuerpo entumecido por culpa del frío que se cuela por las ventanas, y joder, que aún quedan seis semanas de este eterno invierno sin ti, y la única razón de escribirte ahora es por miedo a no poder encontrar ni las fuerzas ni las ganas más tarde.

Me juré a mi misma no volver a caer en esa trampa del amor, pero es que desde que has te ido empiezo a tener problemas con las matemáticas, tu hueco en mi cama se ha convertido en un vacío incalculable. Ha nacido un abismo insalvable entre tus labios y mi espalda. Mi cama grita tu nombre a riesgo de morirsele la voz y mi piel anhela la tuya, como si fueses el oxígeno que le da vida.

Cuando te fuiste y lo único que dejaste fue tu ausencia, apague con tu marcha todas las luces de la casa. Desde entonces, a tientas en la oscuridad, todavía puedo distinguir tu colonia barata entre montones de ropa sucia que dejaste tirados por el suelo de mi habitación; como los primeros vaqueros que te desabroche un veintitrés de diciembre, o la camiseta de un grupo de rock con la que te conocí.

Meses después de seguir esperando he dejado de esperar lo inesperado, y me he decidido a dar la vuelta al mundo en busca de otros corazones que me follen. Que si antes lo hacia ya no lo hago, porque esta pobre atea ya ha dejado de suplicarle a Dios para que vuelvas.

Escribo con mi puño y letra y con el rojo de mi sangren todas las veces que me mordí la lengua para callarme un te quiero, y todas esas veces que me falle a mi misma por no fallarte a ti.

lunes, 19 de enero de 2015

Día uno sin ti: te echo tanto de menos que en mi reloj aun es ayer

Hoy el sol no ha amanecido a los pies de mi cama, hoy el mundo me ha comido a mi, en vez de comerle yo a él.
Hoy está clara una cosa, que tengo el corazón hecho añicos, y no hay pegamento que lo repare.

Confesaré que no hay amor que no duela, ni ojos que no lloren, y que por mucho que digan, todo puede romperse un poco más. Que los versos más bonitos, siempre se los llevan los que le han roto el corazón a un joven enamorado. Y que es a la almohada a quien le toca llorar conmigo esta noche, y a mi cuerpo tiritar del frio.
De ese frio incomparable e inexplicable, cuando alguien como tú se escapa de entre mis piernas.

Y ya que me he puesto a confesar, te confesaré, con la misma sinceridad que da vida a los suicidas, que debí de ser la hija puta que volvió la vista atrás porque necesitaba saber si ya te habias ido o aun seguias esperándome.
Realmente no sé cuál de las dos esperaba, pero brillabas por tu ausencia, y la cuerda que rodeaba mi cuello empezó a ahogarme como si verdaderamente te necesitase para respirar. Como si tu respiración diese vida a mis células en vez de a las tuyas.


Ojalá volver a perderme en tus ojos y dejar de hacerlo en la ciudad. Ojalá comerte la boca en vez de comerme la cabeza.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Martes trece

Y tras la primera noche en vela hubo una segunda, y después del primer amor, un segundo. Pero desde entonces nada había sido lo mismo y mi corazón ya no había vuelto a hacer caso a la razón.
Ya no había razones por las que coger aire después de una carcajada larga, ni razones por las que mantenerse sobria. No había razones por las que dejar la puerta entreabierta para ver si aparecias de madrugada robandome la manta. Ni razones por las que despertarme temprano un domingo, porque ya no había café recién hecho esperándome en la cocina ni tu voz dándome los buenos días.
Hacia ya semanas que se habia esfumado tu olor de mis sabanas, que ya ni me llamabas ni me amabas. Que parecías haberte olvidado completamente de mi. Hacia un par de meses que ya no encontraba tu ropa tirada por mi habitación, ni notas al pie de la cama deseandome un buen día, que te habías tenido que ir, por motivos personales. No había platos en el fregadero de la noche anterior, solo restos de comida precocinada en la encimera de la cocina. Ya no había nada tuyo entre mis cosas, ya no había razones por las que sonreír a media noche. Porque ya no estabas al otro lado de mi cama.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Hasta los tréboles de tres hojas tenían más suerte que yo.

Me sobraban las ganas de todo; desde las ganas de quererte hasta las de matarte. Desde las de contemplar el mundo atraves de la ventana hasta las ganas de mandarte a la mierda cada diario de lluvia.
Parecías hacerme creer que el concepto de que te quería no lo habías entendido, pero la que no entendía era yo. Más perdida que un hijo de puta en el día del padre, te buscaba entre las sombras de la penumbra, te llamaba y nunca respondias. Y me pasaba las noches pensando si todo esto era por mi culpa. Si yo era la responsable de las broncas y las lloreras hasta las tantas de la madrugada.
Me paseaba por el tejado antes de irme a casa, como quien pasea por la playa, y jugaba con la frágil línea entre la vida y la muerte, asomandome al borde y mirando la acera. Y me sentaba allí, fumandome hasta las letras con la excusa de no querer entrar en casa y con la razón de pensarte.
De pensarte hasta los defectos, y los no defectos. Desde tu risa hasta tu manía del pelo. Tu manía de quererme haciendo que me odias y de besarme solo en los veintinueve de febrero y en los martes trece. Manías que eran imposible quitarte. Y ai, benditas manías tenías, que por cierto, tú eras la mía.
Pero eras. Y ya nunca más fuiste. O quien sabe, que de repente te asombras de que pasa el tiempo y escribes y te das cuenta que siempre lo haces en preterito. Y no porque ya sea pasado, pero es que así, todo queda más poético.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Es que el hielo mata el hígado.

Casi llega ya diciembre, y con el llegaran las noches frías y las lluvias incesantes. Con él volveran los chocolates calientes, y las noches en vela, aullando a la Luna a las tres de la mañana.
Solo consigo matarme por despecho después de cada noche, después de los cafés derramados en las sábanas blancas, y de los besos sin dueño. 
De los besos que ya ni son míos ni son suyos. Que perdieron la razón por la que existían, y se hundieron juntos con nuestras sonrisas en el mar.
Cinco horas más tarde amanece, son las ocho, y ya ni siento ni padezco. Llueve fuera, y llueve en mi, parece como si lloviese en mis ojos lo que no ha llovido en la sequía de verano.
Aunque a pesar de la sequía, las sábanas estaban mojadas, y mi alma pesaba el doble. Solía coser los pedazos que me quedaban, en un intento de subsanar la herida. Cosía cada resquicio de esperanza a este corazón marchito, con el fin de que saliese a flote y no se hundiese.
A pesar de ya estar acostumbrada a las noches de ron con penas en vez de hielos, necesito que me quiten tu ausencia, que tengo demasiado en que pensar y no me deja ser feliz.

In fraganti de amor

Aunque Roma conocía el sonido de tus pasos y las sabanas de aquella habitación en Venecia, el roce de tu piel,  solo yo creía conocer el sabor de tus labios.
Y mientras tú, desvirgando los labios de cualquier loco enamorado que pasara bajo tu ventana, y a cualquier perdido de la vida que se matase por amor.
Pues que bien lo sabré , que repetía eso de despertarme sola en París después de haberte hecho el amor.
Vivía con la esperanza de pillar in fraganti al rocío posarse en las comisuras de tus labios y en los acantilados de tus caderas.
Y que mal recordarás tú escapar del sexo conmigo antes de ver amanecer, pues yo era solo una más y tú eras mi única.
Donde las largas noches nos espiaban entre el humo de tu cigarro y donde nuestros cuerpos pedían a gritos otra guerra en la cama. Pero tú seguías siendo tan fría, tan "aquí te pillo, aquí te mato", y yo tan de corazón ardiendo por deshacer tus hielos, aunque me ahogue en el intento, de que me ames más que a nadie.