Casi llega ya diciembre, y con el llegaran las noches frías y las lluvias incesantes. Con él volveran los chocolates calientes, y las noches en vela, aullando a la Luna a las tres de la mañana.
Solo consigo matarme por despecho después de cada noche, después de los cafés derramados en las sábanas blancas, y de los besos sin dueño.
De los besos que ya ni son míos ni son suyos. Que perdieron la razón por la que existían, y se hundieron juntos con nuestras sonrisas en el mar.
Cinco horas más tarde amanece, son las ocho, y ya ni siento ni padezco. Llueve fuera, y llueve en mi, parece como si lloviese en mis ojos lo que no ha llovido en la sequía de verano.
Aunque a pesar de la sequía, las sábanas estaban mojadas, y mi alma pesaba el doble. Solía coser los pedazos que me quedaban, en un intento de subsanar la herida. Cosía cada resquicio de esperanza a este corazón marchito, con el fin de que saliese a flote y no se hundiese.
A pesar de ya estar acostumbrada a las noches de ron con penas en vez de hielos, necesito que me quiten tu ausencia, que tengo demasiado en que pensar y no me deja ser feliz.
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