Me sobraban las ganas de todo; desde las ganas de quererte hasta las de matarte. Desde las de contemplar el mundo atraves de la ventana hasta las ganas de mandarte a la mierda cada diario de lluvia.
Parecías hacerme creer que el concepto de que te quería no lo habías entendido, pero la que no entendía era yo. Más perdida que un hijo de puta en el día del padre, te buscaba entre las sombras de la penumbra, te llamaba y nunca respondias. Y me pasaba las noches pensando si todo esto era por mi culpa. Si yo era la responsable de las broncas y las lloreras hasta las tantas de la madrugada.
Me paseaba por el tejado antes de irme a casa, como quien pasea por la playa, y jugaba con la frágil línea entre la vida y la muerte, asomandome al borde y mirando la acera. Y me sentaba allí, fumandome hasta las letras con la excusa de no querer entrar en casa y con la razón de pensarte.
De pensarte hasta los defectos, y los no defectos. Desde tu risa hasta tu manía del pelo. Tu manía de quererme haciendo que me odias y de besarme solo en los veintinueve de febrero y en los martes trece. Manías que eran imposible quitarte. Y ai, benditas manías tenías, que por cierto, tú eras la mía.
Pero eras. Y ya nunca más fuiste. O quien sabe, que de repente te asombras de que pasa el tiempo y escribes y te das cuenta que siempre lo haces en preterito. Y no porque ya sea pasado, pero es que así, todo queda más poético.
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