miércoles, 4 de febrero de 2015

5:47 de la madrugada

Tengo el cuerpo entumecido por culpa del frío que se cuela por las ventanas, y joder, que aún quedan seis semanas de este eterno invierno sin ti, y la única razón de escribirte ahora es por miedo a no poder encontrar ni las fuerzas ni las ganas más tarde.

Me juré a mi misma no volver a caer en esa trampa del amor, pero es que desde que has te ido empiezo a tener problemas con las matemáticas, tu hueco en mi cama se ha convertido en un vacío incalculable. Ha nacido un abismo insalvable entre tus labios y mi espalda. Mi cama grita tu nombre a riesgo de morirsele la voz y mi piel anhela la tuya, como si fueses el oxígeno que le da vida.

Cuando te fuiste y lo único que dejaste fue tu ausencia, apague con tu marcha todas las luces de la casa. Desde entonces, a tientas en la oscuridad, todavía puedo distinguir tu colonia barata entre montones de ropa sucia que dejaste tirados por el suelo de mi habitación; como los primeros vaqueros que te desabroche un veintitrés de diciembre, o la camiseta de un grupo de rock con la que te conocí.

Meses después de seguir esperando he dejado de esperar lo inesperado, y me he decidido a dar la vuelta al mundo en busca de otros corazones que me follen. Que si antes lo hacia ya no lo hago, porque esta pobre atea ya ha dejado de suplicarle a Dios para que vuelvas.

Escribo con mi puño y letra y con el rojo de mi sangren todas las veces que me mordí la lengua para callarme un te quiero, y todas esas veces que me falle a mi misma por no fallarte a ti.