Te conocí un viernes de primavera entre taburetes de un bar cuyo camarero siempre me sonreía al pasar a su lado. Que no era para menos pues, aunque tantos complejos, mis faldas no es que fuesen largas.
Y es que recuerdo perfectamente ir por verte hasta que dejaste de ir y comencé a ir por conocer el fondo de la botella. Y que no creas que no, que al final la conocí bien a fondo, conocí hasta a su hermana Gin, que debía estar enamorada del tequila porque mucho tequi.., pero te quiero no decía.
Pero el caso es que entre chupito y chupito las resacas del día siguiente eran bien jodidas y para pasar el dolor de cabeza recurría a más alcohol. Y para la segunda resaca volvía al bar para verte. Aunque todas las noches era la misma putada. Tu no aparecías y yo acababa con la borrachera del quince en la treinta y cuatro con Herald Square, junto al metro en el que nos dimos el primer beso, el cual recordaba cada cinco minutos, y con su recuerdo pedía una última copa. Y otra última después de la última, e iba empalmando una con otra hasta que cerraban el bar.
Probablemente lo más jodido era despertarme a la mañana siguiente sin saber cómo había llegado a la cama. O no, a lo mejor era saber que estabas en otra cama que no era la mía. Tal vez el dolor de cabeza no era resaca si no ganas de tenerte cerca, o tal vez era pura soledad en contacto con la marihuana de buena mañana. No recuerdo una mierda, porque fueron demasiadas noches abrazada al vodka y con el piti en la mano, deseando una llamada que llevase tu nombre, con un perdón, o un te quiero, y una botella de ginebra de regalo. Por las molestias de tu ausencia, más que nada.
Eran todas las mañanas despertarme sola en la cama, con un hueco a mi lado perfectamente de tu medida, intentando recordar el sonido de tu voz, o de tu risa. Con la alfombra gris de ceniza, y colillas por el suelo con el rojo de tu carmín. Que sin venir a cuanto, pero aun lo guardo en el segundo cajón de mi mesilla. Esto de echarte de menos no rinde si no es mutuo. Y lo peor es que lo sabes, y aun sabiendo no me escribes.
Recuerda que aun sigo en la treinta y cuatro, en ese piso que alquilamos para comernos a besos, que no era de lujo, pero que para hacer la cama y deshacerla a los cinco minutos daba de sobra. Llama a la puerta, aun tengo tu rojo de labios.