Y cuando partí, recordé que te echaba de menos. Fue entonces cuando la piel de gallina me dijo que no podría evitar llorar.
Llorarte.
Creeme si te digo que dueles más de lo que nos gustaría. Que recuerdas al invierno en pleno verano.
Que la última calada de tus labios fueron lo más maravillosamente amargo que jamás había probado.
Y la última caricia que recibí fue la más dulce despedida que me han dado.
O la más salada a lo mejor. Salada por las lágrimas que derramé nada más despedirme y por las que ahora caen mientras escribo.
Y anoche al besarte y no querer soltar tu mano, te suplique entre pensamientos un quedate que no oíste.
Y te confesaré que no quiero que echarte de menos se vuelva rutina que luego acaba siento una espina que se clava.
Artista me llamas. Pero ya hemos hablado de esto.
El arte es todo eso acabado en 'te' que te hago.
Como la manera de en la distancia extrañarte, o de en la no distancia besarte.
Maneras en la distancia de la que siento que el aire se escabulle de mi. Y que echo de menos besarte con los pulmones a rebosar de humo.
O acariciarte o susurrarte o abrazarte por mi derecha. Y que conviertas mis puntos en comas o que me comas y punto.
Ahora es cuando te das cuenta que siempre me siento a tu derecha.
Y sonríes.
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