lunes, 23 de septiembre de 2013

Habitación 313

A veces mientras paseo, veo parejas jovenes juntas, sentadas en un banco, o despidiéndose junto al puente. A veces no, siempre. Parejas con cómplices miradas. Sonrisas y un par de besos de imprevisto. Me hacen sonreír por un segundo pero luego vuelvo a la realidad. Pero no sólo parejas jóvenes y enamoradas, también ancianos de la mano, personas que llevan una vida juntos y aún después de setenta años pueden presumir de estar locamente enamorados de su pareja. Desde siempre y para siempre se prometieron, y así parece que será. Con miles de historias que contar a sus nietos en una reunión familiar o en una comida. 
Estos últimos me ponen los pelos de punta, pero de una forma bonita, porque puede que la otra persona no sea tu media naranja pero aún así están juntos a las duras y a las maduras, e incluso puede que no esperasen estar toda una eternidad juntos, pero así ha sido.
Entonces me miro y pienso “¿Quién va a querer a alguien como desastre? ¿A alguien sin estabilidad mental ni de ningún tipo?” Me respondo sola. No me veo de anciana contando batallitas a nadie y mucho menos a unos nietos inexistentes.

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