Olor a café recién hecho, la cama deshecha y la almohada empapada, no significa que esta noche haya tenido acompañante, más bien ese es el problema. Que no ha habido nadie. Sólo yo. Yo y mis ganas de comerte la boca, yo y mis ganas locas de gritarte para ver si así me escuchas. Tienen razón, tú eres el lobo, y yo la oveja suicida.
Hace tiempo pintaron de rosa mi vida, pero con el paso del tiempo la pintura se descascarilla. El sonido del vidrio al caer en el suelo, al romper por el impacto. Algo así debió sonar dentro de mi. Algo así porque hace tiempo que estoy rota por dentro. Te suplicaría que volvieses, pero no somos dos críos, y ni yo quiero verte ni tu quieres verme. Hagamos esto más sencillo. Olvidemos las noches que pasamos en tu cama, olvidemos que me conociste de casualidad en un bar, y que, digamos sin querer, derramaste mi copa. Un par de miradas y aquí estamos hoy, yo escribiendo y tú leyéndome. Aunque nunca lo vayas a admitir, sé que nunca fui más que la decimosexta de la lista.
Suena una melodía a lo lejos, una canción, nuestra canción. Y tu voz acompasa la letra, tu dulce voz. No quisiera tener que negarte lo que una vez te juré, amor eterno, incondicional. No recuerdo nada más, ya es tarde para mi, para ti, pero aún más para nosotros. Tal vez yo era ese nada que lo cambiaba todo, o tal vez no.
“El último, déjame hacerte una vez más mía, pequeña.”
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