miércoles, 16 de octubre de 2013
Venimos solos, nos vamos solos.
Te despiertas una mañana más, cansada, sin ganas de seguir viviendo. Llueve, las aceras están mojadas, y el frío recorre tu cuerpo. Te tapas con la manta todo lo que puedes, sabes que eso no empequeñecerá tus problemas, pero sólo quieres que la tierra te trague. Te levantas, con pesadez, sin sentido recorres la casa un par de veces. No hay nadie, el silencio inunda cada una de las habitaciones. Te diriges al baño y giras el grifo de la ducha, empieza a salir el agua, y un espeso vapor comienza a hacerse dueño del baño, el vaho deja leer un “gorda” en el espejo, y tu borroso reflejo de fondo. Te metes dentro de la bañera, con lentitud, como si cada paso te costase la vida. Te das una ducha, lo más rápido que puedes y te vistes con lo primero que encuentras. Subes cada piso a pie, contando los escalones, y cuando llegas al final, sales al tejado y desde allí puedes ver que esta amaneciendo, que la calle está desierta y que hacía más frío del que creías. Te acercas al borde, con tranquilidad, tu cuerpo no tiembla, ni siquiera por la gélida brisa que balancea las hojas. Te sientas en el borde, con la mirada vacía y perdida, sin ningún atismo de esperanza por la humanidad. Pasas unos minutos ahí, sentada mirando a los montes del horizonte, te levantas, y dando la espalda a todo lo que conocías, dejas que tu cuerpo caiga hacia el cemento de la acera, toda esa felicidad que anhelabas vuelve a ti, segundos antes de acabar con tu propia vida, sonríes, y entonces todo se tiñe de un color negro. Por fin todo ha acabado.
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