sábado, 23 de noviembre de 2013

No oigo ningún ruido, ningún sonido, mi piel tirita de frío, mi corazón late lentamente, como queriendo dejar de hacerlo, y en mi cabeza unas voces. Unas voces, que me dicen qué hacer, cómo y cuando. Estoy aquí sentada, mirando el horizonte, nunca antes había llegado hasta aquí. Siento frío, y miedo, tengo ganas de saltar y dejarlo todo atrás, pero tengo miedo de que algo salga mal. La música suena a todo volumen en mis oídos, el viento choca contra mi piel, he dejado el abrigo en casa, pero tampoco me importa. El cigarro se consume poco a poco, el aleatorio elige la música, y el número de canciones escuchadas aumenta. Mis lágrimas no cesan, y mis piernas continúan temblando. Me duele el corazón, por dentro, como si me lo hubiesen roto en mil pedazos. ¿Y yo pretendo seguir con vida? Si sólo soy un desastre, estoy tan perdida que no sé por donde empezar a buscarme. Nadie me escucha, nadie entiende que ahora mi vida carece de sentido y con lo único que sueño es con mi muerte, las demás sólo son pesadillas. Pesadillas que se repiten una y otra vez, incesantes. 58 noches seguidas el mismo sueño y la misma pesadilla. Polos opuestos. La vida y la muerte. 
Soy consciente de lo que le han hecho a mi vida, la manera en la que la gente la ha destruido, y por tanto, la manera en la que me han destruido a mi. Por primera vez sé que es lo que quiero, y el camino para conseguirlo. Y es que todo es demasiado duro para mi, para mi significa no tener que seguir fingiendo nunca más.

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